Limit Breaker: Conquistando Mazmorras - 158
Todo ocurrió en un instante. Las aguas se convirtieron en mares hirvientes. Los gritos de dolor y sufrimiento de cientos de millones de seres humanos se apagaron en un instante y eso dio lugar a un horizonte rojo de llamas y cadáveres pudriéndose y carbonizados sobre el suelo.
Ni el poder combinado del mundo entero pudo, siquiera, repeler las hordas casi infinitas de dragones de toda clase. Wyverns, dragones colosales, orientales, incluso humanoides que marchan a pie en legiones destruyeron a la sociedad humana en todo el planeta.
El foco de ese cataclismo surgió en Roma y ahora se expande hacia todos los puntos sin control.
El cielo, azul y blanco, se convirtió en explosiones constantes de fuego y relámpagos negros que evocan al fin de los tiempos. Los templos budistas, taoístas, cristianos, y otras religiones se llenan de fieles esperando un milagro mientras que detrás de ellos el colapso es completo. Sus suplicas, reforzadas con esa creencia de un elegido que llega para salvarlos es la única forma de escapar del inminente final.
Tras la destrucción de Roma, casi quinientos millones de seres humanos perecieron en el primer minuto en todas partes del mundo. Con la aparición de Dramonzuk aparecieron portales que permitió a las legiones de dragones entrar y con ello arrasar todo a su paso.
Así es como el fin de los tiempos…ha comenzado…con un enorme estallido en el corazón de la fe humana en occidente.
Gracias al poder inconmensurable del emperador dragón, la temperatura del mundo subió drásticamente alrededor de ocho grados. Muchas especies de animales desaparecieron y otras apenas pueden sobrevivir. Los lugares más fríos ahora sufren climas templados y aquellos sitios donde el calor era constante, se convirtieron en páramos estériles sin vida humana, animal o vegetal.
La mitad de los países sufrieron el colapso social mientras que una pequeña parte aún resiste a la destrucción entre ellos una nación que hace tiempo era vista con desdén ya que no representaba el poder de los cazadores como Estados Unidos, China o Italia, pero ahora es el símbolo de la resistencia humana, Argentina.
Cinco años pasaron desde aquel cataclismo en Roma donde el poderoso emperador de los dragones salió a la luz y provocó que el planeta sufriera un daño del que podrían no salir jamás. Los cazadores, última línea de defensa contra los dragones, luchan incansablemente todos los días sin dormir y con escasos momentos para comer o tramos de descanso, mientras que los monstruos someten a las leyes mágicas que les impedía moverse fuera de los portales. Ahora, el mundo entero se ha convertido en una mazmorra de tamaño colosal gobernado por el todopoderoso Dramonzuk.
Con su trono sobre el famoso Obelisco de Buenos Aires, derretido por las llamas de los dragones, el emperador observa como sus dominios y poder han alcanzado el pináculo de todo ser viviente y su raza en la cúspide de perfección. Sin embargo, aún siente la inquietud de los poderosos cuando algo no está bien y puede cambiar de un momento a otro.
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En el otro extremo de la capital federal muy cerca de lo que hace décadas, era un muy importante matadero de vacas y ahora es un centro de refugiados con una entrada compuesta por una puerta que da al subsuelo y pisos subterráneos donde hay cientos de personas que lograron escapar del cataclismo.
Como el gobierno cayó, los cazadores son ahora los que luchan para asegurar la supervivencia de los civiles, yendo y viniendo en búsqueda de suministros como agua, comida, vendas y medicación. La mayoría de estos cazadores son rango entre D y B. Casi todos los de rango E, A y S murieron en las batallas para defender la ciudad, recuperarla o simplemente en la primera oleada. Tan terrible es la situación que, por refugio, lejos de la atención que ponen los dragones, solo hay veinte cazadores. Esto es para evitar que se concentra mucha energía mágica.
En la entrada del matadero sale una figura a toda prisa con capucha puesta, pantalones y abrigo viejos y una mochila agujereada. Su velocidad es tan impresionante que pasa desapercibido entre los dragones que sobrevuelan y también disminuye su poder mágico para que los dragones sin alas y usados como fuerza terrestre no lo ubiquen.
Aquella persona corre por las calles y se mete entre las casas precarias de lo que fue considerada una “villa”. Salta sobre las paredes con su ágil destreza física y luego corre por los techos. Su destino es incierto, pues ya había explorado desde hace meses las cercanías en búsqueda de suministros y necesita extender más su radio.
Llega hasta un pequeño mercado y se mete dentro. El lugar está vacío, ya había pasado por allí hace cinco meses y sacó todo de las heladeras y estantes. Se sienta a un lado, lejos de la puerta y saca de su mochila un mapa del lugar. A falta de luz en el local y por ser la medianoche, saca una linterna y apunta al mapa intentando ver su próximo destino:
—Si sigo por esta ruta quizás llegue hasta el barrio de Flores, pero…—piensa unos momentos al recordar que en la avenida principal de ese barrio está bloqueada por vehículos y cadáveres calcinados. Son cientos de metros de cuerpos quemados de personas que buscaron huir mientras cazadores también sufrían ese destino. Acompañando a los cuerpos sin vida de los humanos, también hay de dragones de bajo nivel que cayeron durante los primeros días del ataque. —haaa, y para ponerse peor la cosa, no sabemos nada del refugio de Ramos Mejía. Ella hace días que se fue por lo que tampoco tengo novedades de nuestra líder de refugio. —se golpea el rostro con ambas manos para darse ánimos. —¡No, vamos Bautista! ¡no pienses así! Ella…me dejó una tarea y es asegurar la supervivencia del refugio y así lo haré. Llevo haciendo esto hace meses y no me detendré ahora.
Marca con una X en el mapa el próximo lugar al que irá. En el mapa extendido sobre el suelo hay alrededor de unas veinte marcas de lugar donde Bautista recorrió en búsqueda de comida o medicamentos. La situación es tan crítica que las heridas no pueden ser tratadas por los sanadores ya que cualquier manifestación de maná puede atraer a los enemigos. Esto también incluye a dragones de rango más alto que el que se pueda enfrentar:
—Bien, seguramente allí encuentre algo…eso espero. —piensa Bautista.
Se acerca a la puerta y saca lentamente su cabeza para ver los pasillos del barrio de emergencia donde solían vivir familias muy pobres apenas sustentadas por el gobierno y de la que salieron muchos cazadores de rango bajo y medio solo usados por grupos de delincuentes para cometer robos de cristales de maná y enriquecer a sus jefes de mayor poder. Políticos o empresarios, da igual quien sea, esas personas estaban condenadas a vivir de esa forma.
Mira un lado y luego hacia el otro. No ve a nadie así que se apresura para tomar la ruta más lejana pero segura. Corre a toda prisa entre los angostos pasillos y luego, de un brinco, llega hasta los techos y avanza con la ligereza de una pluma. Sus capacidades físicas son dignas de alguien que ha estado en un equipo de gimnasia en su juventud hasta que su talento mágico surgió de la nada en una competencia entre escuelas de La Plata, una de las ciudades más importantes de Buenos Aires.
Cuanto más se acerca a Flores, puede sentir una desagradable energía mágica que parece producir un efecto físico distintivo como lo es la aparición de pequeñas manchas rosadas que poco a poco se tornan rojiza y luego marrón hasta que explotan dejando sin vida a la persona.
En ese momento, Bautista decide usar una ínfima porción de su poder mágico para quitarse esas manchas. Una cantidad mágica lo suficientemente escasa para que no atraiga a los grandes dragones, pero lo hace con los más débiles y los que se alimentan de cazadores débiles y civiles indefensos. Son los conocidos “small wyverns”, pequeños dragones cuyo tamaño es como el de un pequeño chihuahua pero que en grupos son imparables y actúan como las pirañas. No dejan carne sin devorar.
Sus pasos son sutiles y rápidos con la vista sobre un edificio destrozado, pero con la entrada intacta y varios departamentos aún enteros, o al menos, con casi la totalidad del lugar sin que estuviera derrumbado. Se acerca a la puerta y toma la manija. Abre con lentitud la puerta y se mete en el edificio. Encuentra una escalera con algunos escombros y, tristemente, huesos calcinados de personas que no lograron escapar del ataque de los dragones y bestias dragonoides.
Bautista intenta evitar, con todo el dolor que conlleva, ver los huesos pequeños de niños y subir las escaleras para encontrar algún departamento y descansar unas horas mientras pierde a los small wyverns que patrullan la zona en manadas.
La primera puerta que ve trata de abrirla, pero sin éxito. Luego sube otro piso hasta el tercero y empuja con su hombro una de las puertas hasta que fuerza con éxito y se mete dentro. Allí ve lo que fueron rastros de una familia que pudo huir a tiempo dejando mochilas y muchas cosas personales:
—Esta gente se habrá refugiado en alguno de los sitios. Espero que sí. Haaa…que dolor de cabeza es esto. —exclama frustrado. Se arroja en el sofá cubierto de polvo y mira al techo. Se queda un largo rato recostado para recuperar fuerza. Cierra los ojos, seguro de que el departamento está fuera de la amenaza de los dragones en el exterior.
En su bolsillo se enciende una luz azul y emana una pequeña porción de vapor frio de este que congela esa zona del pantalón de Bautista. Mete su mano y saca un cristal mágico del que sale una voz familiar para el chico:
—¡Bautista! ¡¿Qué crees que haces?! ¡¿Cómo vas a salir de nuevo en solitario?!
—Si, si, ya se, Luciana.
—¡¿Cómo si, si ya se?!
—Ya lo hablamos antes.
—Si y dejamos en claro que no es seguro ni para civiles ni cazadores.
—¿Qué debería hacer entonces?
—Seguir ordenes de los cazadores más capaces.
—Apenas quedamos un puñado y ella hace tiempo que se fue. Si seguimos perdiendo el tiempo las personas perderán la paciencia y la fe.
—Si, tienes razón, pero al menos me hubieras pedido que te acompañara. Sabes que necesitas de tu sanadora favorita. — ella le recalca.
—Que molesta eres. —se queja Bautista.
—Aún así soy tu mejor amiga y me preocupa tus decisiones tan precipitadas.
El cazador sonríe y reincorpora sentándose en el sofá. Rasca su ceja y bosteza mientras que Luciana sigue regañándolo:
—¿Ahora que vas hacer? —pregunta ella.
—Posiblemente me dirija a Flores.
—No me digas que quieres ir…
—Ajá. Confío en que aún esté el refugio en el Pedro Bidegain.
—Bauti, sabes que el estadio de San Lorenzo fue destruido hace tres años. No creo que siga existiendo ese refugio.
—Puede que lo hayan hecho subterráneo. Sé que antes del ataque habían construido algo así a cien metros del estadio. Seguramente lo hayan hecho debajo del campo de juego también.
—Entiendo que esperas encontrar algún indicio de que tu familia haya logrado llegar, pero cae en la realidad por favor. No quiero que te desilusiones.
—Tengo que saberlo por mi mismo. —responde Bautista.
El silencio no es incómodo, más bien es el de dos amigos que llevan muchos años luchando codo a codo. Luciana lo conoce tan bien que no le es extraño su deseo, que puede considerarse suicida, de ver algo que es difícil que fuera positivo como es el hecho de que el refugio en el antiguo estadio Pedro Bidegain continue en pie. Ella apoya su decisión quedándose en silencio.
Bautista agradece con una solitaria sonrisa y luego procede a agradecerle con una promesa genuina de que se cumplirá:
—Cuando vea con mis propios ojos el refugio, volveré y cuidaré a los civiles.
—Haaa…solo quiero que te cuides ¿sí? Por favor, Bauti. Eres mi única familia, aunque no seamos de sangre.
—Tu también cuídate ¿está bien? Los refugios están cayendo muy rápido y en cadena. Siento que algo está sucediendo. Algo que desde hace cinco años no pasaba.
—¿Qué es lo que presientes?
—Eso es lo que también quiero busco averiguar. Iré recorriendo los refugios en el camino. Espero encontrar personas, pero si llega a ser lo opuesto…
—Vamos a estar en alerta y a reforzar la entrada. Mantendremos el silencio todo lo posible. Tú has lo que debes.
—Si.
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Luego de hablar con su amigo, Luciana se queda en la única entrada al refugio debajo del matadero. Su preocupación actual, además del estado emocional de Bautista, está con la falta de suministros.
Hacía ya varias semanas que un grupo de cinco cazadores, dos rangos E, uno rango D, uno rango C y uno B, marcharon al otro lado de la autopista “Gral Paz”. Sin embargo, las comunicaciones se perdieron y desde entonces no hay noticias.
Tan solo quedan quince cazadores protegiendo el refugio y ninguno supera siquiera el rango A. Para peor, el único rango B es Bautista y Luciana no tiene autoridad, como cazadora, ya que apenas es rango D. Sumado a eso, el humor de los civiles empeora cada día.
Una silueta se acerca por detrás hasta llegar a su lado y se sienta en el suelo. Luciana mira a su lado y acurrucándose entre las rodillas pregunta:
—Carlos ¿Hay novedades del grupo de Gabi? —se dirige a un hombre de unos cuarenta años, calvo y barba con una marca de quemadura en la mitad del rostro. Su expresión es de alguien somnoliento pero muy activo.
—No y dudo que tengamos que seguir esperando.
—¿Qué sugieres?
—Enviar a más cazadores.
—Carlos, no quedan muchos cazadores. Si seguimos enviando más grupos nos quedaremos sin la posibilidad de estar seguros. Estoy…cansada…
—Luciana ¿sigues sin poder comer ni dormir?
—Solo en largos tramos. —responde con los ojos ojerosos y un largo y estruendoso sonido viniendo de su barriga.
—Casi mueres hace un año. —intenta regañarla, pero admira el esfuerzo de Luciana por tratar de cuidar a las personas y que el lugar no caiga en el caos.
—No tiene importancia. Hay bocas que llenar y vidas que mantener. Lo que me pase a mi…haaa…da igual. —su tono está lleno de pena y tristeza. Mientras ella habla, Carlos no evita encontrarla con algo más que tristeza, el peso de años en los que tuvo que madurar rápido para sacrificar su niñez y juventud para salvaguardar la existencia de los refugiados. —Los niños tienen que comer más que un adulto o cazador.
Carlos conoce a Luciana cuando los cazadores de la zona se congregaron inesperadamente en el barrio de Mataderos con trescientos civiles asustados. Junto a ella se encontraba también Bautista y ambos fueron los que organizaron el refugio hasta que la llegada de individuos poderosos que pusieron orden y dieron esperanza al saber de donde provenían.
Sin embargo, lo que llamó la atención y hasta hizo que muchas personas, civiles y cazadores, se permitieran seguir a la chica que en aquel momento tenía tan solo diez años era su voluntad y cuidado permanente casi maternal por los niños, ancianos y embarazadas.
En todas las discusiones nunca apartó a los grupos de desamparados. Aquellos niños que perdieron a sus padres encontraron en su voz el aliento para no dejarse caer, los brazos aquel amor maternal perdido y regazo, aquel sitio donde pudieran descansar sus almas destruidas por la brutalidad del mundo. Todo eso a costa de la salud mental, emocional y física de ella.
Por unos quince minutos, el silencio llama la atención de Carlos que al voltearse y mirar a Luciana la encuentra apoyada contra la pared agrietada de roca y tierra. Se levanta y toma una campera que se encuentra a un costado y la coloca sobre ella para que no tenga frio.
El invierno es crudo y muchas enfermedades siguen siendo mortales para cualquiera. En un primer momento piensa en alzarla entre los brazos, llamar a un par de cazadores para que se quedaran en la entrada y llevarla para que descanse apropiadamente, pero lo piensa mejor y no es algo que ella aceptase. Es demasiado responsable. El cazador sonríe con solo verla dormir por primera vez tras varios días de correr de un lado hacia el otro sin descanso ni poder comer:
—Tendrías que ser más cuidadosa con tu salud, Luciana. ¿Cómo crees que se sienta Bautista si algo te pase? —murmura Carlos. —Me pregunto, también, ¿Qué hará cuando vea al refugio destruido?
—Él nunca abandonará la esperanza…—exclama Luciana con los ojos apenas abiertos.
—Duerme. Necesitas…
—Yo…se que su esperanza…le permite continuar…al igual que yo con tenerlo a mi lado…—al decir esto último, vuelve a cerrar los ojos.
—Lo se mocosa. Por eso es que los cuidaré todo lo que pueda sin importar que. Son…la única esperanza que tenemos a pesar que todo se desmorone por aquí.
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Al día siguiente se avista en el horizonte una tormenta de relámpagos furiosos. Cada uno de ellos golpea el suelo con vigor y estelas de luz azoláceos que cualquiera, con solo verlo, podría acabar ciego. Esos son los estragos de la magia del emperador dragón y sus hordas consumiendo todo con su fuego incontenible.
Bautista abre sus ojos luego de escuchar sonidos inquietantes afuera del edificio. Lo primero que hace es mirar a su alrededor y recorre con cautela el departamento en busca de algún intruso o monstruo. No encuentra nada ni a nadie. Mira a la ventana sin y mientras se acerca a ella, traga saliva de los nervios.
Su preocupación está ahí con la identidad de los small wyverns recorriendo las calles y edificios, metiéndose en cualquier agujero, ventana o entrada para buscar y encontrar cualquier ser vivo del cual alimentarse con sus mandíbulas circulares y asquerosa apariencia de gusano con alas y dientes filosos como sierras eléctricas moviéndose y retorciéndose:
—Maldita sea. ¿Justo ahora tenía que aparecer? —se preocupa mucho más al ver que se mueven casi cien de esas criaturas de pesadilla. La larga fila de small wyverns no cesa. Con solo verlos su sangre se hiela y pierde la compostura. Piensa en escapar a toda velocidad con su magia de sonido, sin embargo, es tan peligroso como atacar al emperador mismo. De una forma u otra su vida estará en riesgo. Solo le queda espera a que terminen lo que intentan hacer sin aparecer en su camino.
Cualquier movimiento sería error de muerte, pero un momento es suficiente. Los vientos que traen consigo una tormenta. Y la inesperada caída de una roca muy cerca de la entrada provocan que estas criaturas miren todas al mismo tiempo hacia la ventana donde Bautista espera con paciencia.
Sus posibilidades de sobrevivir se reducen drásticamente a 0% si depende de su capacidad física y al menos 10% si usa su magia con el peligro que conlleva atraer la atención del gran dragón del apocalipsis y amo de todo el planeta.
Solo queda…esperar un milagro.
A lo lejos, una figura que no parece humana espera sobre el techo de un edificio destruido con sus alas extendidas, cola musculosa azotando el borde resquebrajándolo y su aura amenazante que llega hasta donde el cazador se esconde. Apenas lo siente, su cuerpo entra en un estado de guardia y terror profundo. Sus ojos amarillos sensibles al movimiento y a la luz y cada fibra de su cuerpo carmesí son una clara muestra de que el mundo apenas sobrevive porque “ellos” así lo quieren como si fuera un juego y los seres humanos, principales juguetes.
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